lunes, 8 de septiembre de 2014

Érase una vez... (II)

Los rumores eran ciertos: los cuentos volverán a nuestro mundo en breve. 

Y la luna será la protagonista de esas historias mágicas que se cuentan a los niños junto al fuego para que estos aprendan a crecer soñando y a ser valientes.

¿Estáis preparados para sumergiros en la aventura junto a los protagonistas? En Luminous Words tuvisteis un primer contacto con Chryses. Hoy podréis atisbar un poco de la personalidad de Eirene.

Si queréis saber más, echad un vistazo a A la sombra del cuento el próximo miércoles, Iria Jones os quiere presentar a alguien. Mas tened cuidado, la malvada Mab podría estar acechando...



En los cuentos nunca se habla de la muerte.

Puede que se mencione en algún momento, pero nunca te cuentan los detalles. No te cuentan el dolor que deja tras de sí la pérdida de alguien que quieres, no te cuentan cómo es sentir que tú mismo mueres un poco. No se menciona el desgarro en el pecho o el vacío en tu interior. No hablan de las lágrimas ni de cómo estas terminan por agotarse en tus ojos.

Lo comprobé la mañana en que mi madre murió.

Tenía seis años por entonces. Supongo que, pese a todas las señales de lo contrario, me cogió desprevenida. Cuando quieres algo tanto nunca te imaginas cómo será perderlo.

No conocí a mi madre sana. Después de nacer yo, ella cayó enferma y nunca la vi salir de su cuarto en la torre más alta del castillo. Nadie podía acercarse a la reina durante demasiado tiempo, ni siquiera su propia hija. Cuando era bebé, según me contaron, me llevaban a su cuarto lo justo para calmar su llanto por no poder verme el rostro. No le permitían darme el pecho ni cuidarme por las noches; me alejaban en otra habitación, con una nodriza, y nada más. Mi padre, ya por entonces, no tenía ningún interés en mí.

Quizá si mi madrina Deniel nunca hubiera existido nos habrían podido mantener apartadas todo el tiempo que hubiesen querido, pero ella no lo permitió. Supongo que era la única aliada real de mi madre, la que quería a la mujer y no a la reina, y fue gracias a ella que mi madre y yo no pasamos ningún día completamente separadas. Mi madrina se encargó de guiarme por el palacio muchas veces y en cuanto aprendí a caminar y tuve la suficiente conciencia como para recordar un camino, empecé a escaparme para ver a mi progenitora yo sola, como un animal que siempre vuelve a su hogar. En cuanto supe el poder que un niño puede tener en un mundo de adultos, empecé a llorar cada vez que me querían separar de ella. Durante años, arañamos el tiempo juntas. En algún momento yo dejé los llantos para responder de manera impertinente a aquel que osase sacarme pronto de aquel cuarto en el que mi madre vivía encerrada. Muchas veces intenté que ella viese el sol, que volviese a sentir la hierba del jardín bajo sus pies, pero nunca lo conseguí: mi madre se marchitaba poco a poco en su cama, como una flor a la que lleva mucho tiempo sin darle el sol. 

Y un día, simplemente, se fue.

Recuerdo su rostro calmado o la sonrisa pacífica en los labios, como si desaparecer fuera un regalo después de tanto sufrimiento. Me enfadé con ella. Me dejaba sola en un mundo en el que todos querían darme órdenes, en el que todos pretendían que yo fuese una princesa modélica y aprendiese cosas que, en realidad, no me interesaban. Me dejaba sola en un mundo en el que todo el mundo quería controlarme. 

Me dejaba sola. Y nada más. 

La rabia solo fue el principio. Después vino el dolor.

Llegó cuando me di cuenta de que no podía enfadarme con ella, pues lo que ella vivía no era vida. De que cada día encerrada en su torre de cristal, apartada del mundo, apartada del reino que ella amaba y dedicándose a gobernarlo postrada desde su cama, era más muerte que la que se la había llevado para siempre de mi lado. Llegó cuando me di cuenta, también, de que todo se había acabado. No volvería a escaparme para verla en secreto, no nos volveríamos a reír y sus brazos flacos no volverían a rodear mi cuerpo. Las tardes en las que me contaba cuentos o nos imaginábamos siendo personas completamente diferentes a las que en realidad éramos se habían ido para no volver. 

Lady Áine, la Estrella de Nryan, había ocupado su lugar en el firmamento. 

El día de su muerte fue el más triste para el país. Durante todo su reinado, el reino la había amado con completa devoción. Mi madre fue la mayor soberana que los elfos de Nryan recuerdan. Fue justa, fue cercana, fue responsable. El cielo mismo se volvió gris y quejumbroso y ni siquiera el sol se atrevió a salir a dar el pésame tras las nubes. Su enfermedad hizo que el propio país temiese enfermar, pero ella no dejó de entregarse por completo a él incluso en el último de sus días. Su muerte, sin embargo, acabó con el Nryan feliz, mágico y libre que todos conocíamos, aunque yo eso no lo descubriría hasta mucho más tarde. 

Debí sospecharlo cuando mi padre decidió alejarme de allí.

Ni siquiera dejó que pasase el día en que la enterramos. Deniel estaba conmigo y yo  había estado llorando sobre su regazo. Su pena también era evidente en su mirada. Alguien tocó a la puerta entonces y apareció mi padre, imponente y serio como siempre. Mi madrina se tensó y se levantó, encarándole. También tuvo que pasar mucho tiempo para que yo comprendiese por qué toda la hostilidad que sentía mi madrina hacia mi padre.

—¿Deseáis algo, lord Ibran? —espetó.

—Deniel, querida. Vengo a hablar con mi hija, así que me encantaría que tuvieses la bondad de marcharte. 

—Es una niña; lo que debas decirle podrás decírselo con un adulto delante, ¿verdad?

—No me hagas esto más complicado, Deniel, y déjanos a solas; ambos hemos perdido algo muy importante y hemos de hablar. Podrás entrar cuando haya terminado.

Mi madrina probablemente no se lo creyó, pero tras unos segundos de duda se giró hacia mí y besó mi frente. Yo la miré, suplicante, para que no me dejase sola ella también.

—Estaré esperando fuera.

Con el orgullo que la caracterizaba, siempre firme, salió del cuarto sin dedicarle ni el asomo de un respeto a mi padre. Él esperó pacientemente a que la puerta se cerrase de nuevo y solo entonces se acercó a mí. Se sentó en mi cama, a mi lado, y cogió mis pequeñas manos entre las suyas, inmensas en comparación.

—Has de irte, pequeña mía.

Era una niña por entonces. Cuando me dijo aquello ni siquiera le entendí.  Le miré, con los ojos grandes y rojos por el llanto, y no me moví.

—¿Irme? ¿Adónde, padre?

—Mi niña —nombró con dulzura. No era capaz de ubicar cuándo había sido la última vez que me había hablado con algún tipo de cariño. Quizá fuese la primera—. Ahora el país es peligroso para ti. Con la muerte de tu madre…

—¡No! —exclamé, horrorizada, corriendo a taparme los oídos. No quería volver a oír lo que había ocurrido con mi madre. No quería aceptarlo todavía.

Mi progenitor calló un segundo, sorprendido. Después, su rostro se dulcifico y volvió a capturar mis dedos para apartarlos de mis orejas.

—Mi pequeña niña, todos amábamos a tu madre. —Mentiroso, él nunca la había querido—. Pero se ha ido, y has de aceptarlo. No está. No va a estar más. —Ahora me pregunto si sabía por entonces cómo dolían aquellas palabras—. Pero nos observa, pequeña. Desde las estrellas, en las que siempre ha estado su verdadero hogar. En la noche, cada vez que mires hacia el cielo, la verás brillante y fuerte, como siempre fue.

Yo me eché a llorar. Mi padre me abrazó, y yo, estúpida, pensé que me quería. Casi fue esperanzador, casi fue mágico. Creí que quizá mi madre no me había dejado tan sola, que todavía le tenía a él, que no volvería a darme la espalda. Me abracé desesperadamente a sus ropas. Aún lloraba cuando me separó de sí.

—Has de irte —me repitió—. Es por tu bien. Tú no sabes nada de la guerra, no sabes nada de lo que pasa más allá de este reino, hay cosas que todavía no puedes comprender. Pero la muerte de tu madre deja al país en una situación delicada.

No le entendía. Era una niña, y él tenía razón: no sabía nada de guerras, nada de reinar, aunque ese era mi destino. Le miré sin comprender, y él no se molestó en explicarme más.

—Podrían querer hacerte daño, mi bien. Eres solo una niña, tan pequeña y frágil… Algún día serás reina de este lugar; y eso, en un mundo en guerra, donde los implicados no dejan de buscar aliados, donde cualquier ayuda marca una diferencia, es algo terriblemente importante. Lo entenderás, cariño, aunque ahora no lo entiendas. Pero has de irte. Ahora las cosas serán complicadas en Nryan, así que otros deberán cuidarte.

—¡Pero yo no quiero irme! ¡Me gusta Nryan! —repliqué. Estaba mareada por sus palabras. No entendía, y odiaba no entender.

—Eirene —nombró mi padre con voz severa. Su rostro cambió. Sus ojos se achicaron al entrecerrar los párpados, sus pupilas brillaron un segundo con peligro. Me encogí sobre mí misma, asustada—. No hay réplica. Partirás en el próximo barco hacia Veridian y vivirás allí, con tus primos. Tus tíos, naturalmente, ya han dado su consentimiento. Ellos te cuidarán.

Sollocé y negué enérgicamente con la cabeza. No quería irme. No quería dejar la bonita ciudad, o los bosques amplios. No quería dejar a mi madrina, que era probablemente lo único que me quedaba. No quería dejar las tardes leyendo en la amplia biblioteca o las vistas de la isla desde la torre más alta. Me gustaba Nryan. Era una niña, pero toda mi vida estaba allí, entre sus gentes siempre alegres.

Mi madre se había ido, pero si yo estaba en Nryan aún podría visitar su sepulcro; aún podría fingir que compartíamos algo, aunque fuese la misma tierra.

—Por favor, papá…

No hubo oportunidad de suplicar. Prácticamente ya habían preparado mi equipaje. A mí solo me dio tiempo de coger el pequeño arco con el que había empezado a saber disparar; mi madre lo había mandado fabricar para mí. Quizá ya por entonces imaginaba que algún día tendría que saber defenderme. Quizá sabía en lo que se convertiría mi vida.

Deniel entró en el cuarto en cuanto mi padre se marchó. Me juró que lo solucionaríamos y esperó a que yo me quedase dormida, cansada de llorar. A la mañana siguiente, sin embargo, desperté sola. Me hicieron levantar, me vistieron y me metieron en un barco que me alejaría de mi hogar. Solo mi padre fue a despedirme. 

Llegué a Veridian días más tarde, vestida de pérdida, soledad y llanto.

No volví a ver mi país hasta muchos años después. 


¡No olvidéis pasar el miércoles por A LA SOMBRA DEL CUENTO!

3 comentarios:

fan_5_4 dijo...

Ohh por favor quiero tener el libro ya!! <3

Alba dijo...

¡¡Necesito este libro!!

Carly Román dijo...

OMG lo quierooooo!!!

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